La paradoja “Chris Cornell” o Los muertos de la generación X”

La inesperada muerte de Chris Cornell ha dejado huérfanos a una generación carente de referentes de valía sociocultural o moral. De vida poco exigida con nuestra memoria y nuestro intelecto; nuestros mitos, nuestros muertos, nos son, en realidad, ajenos y lejanos.

Chris Cornell encantados

Admitimos como propios a los malditos del club de los 27; a Janis, Jimmy, Jim & cia…, pero ¿acaso representan a los ideales o referentes que dan forma a nuestro siglo XXI, a nuestro presente? Heredamos una suerte de mimetismo antropológico, una corriente social imperante e inercial, y todo porque no tenemos donde aferrarnos. No tenemos a un Che, ni una Revolución del 68, ni a los Beatles; ni hemos padecido los estragos de una guerra. Lo tenemos todo y no somos nada. Ellos lo fueron por nosotros. Y nosotros les echamos de menos. Ayer fueron nuestros referentes, hoy son nuestros muertos.

LA GRAN FARSA DEL GRUNGE

Vaya por delante: Lo que a continuación sigue tan solo expresa la opinión del bajo firmante; opinión que no ha sido previamente compartida con el consejo editorial de este, vuestro blog y que puede mostrarse en formas irrespetuosas o contener lenguaje coloquial y malsonante que puede herir sensibilidades a mitomanías varias. No es mi intención ofender.

De modo que si eres de los que piensas que Sinatra es La Voz y Elvis es el Rey tal vez debas dejar de leer este artículo y aprovechar el periodo vacacional para irte a Las Vegas y “disfrutar” de uno de los shows pre apocalípticos de la momia telaráñica de Tony Bennet. Quizás mañana sea tarde…

Asimismo, si crees en Kurt Cobain como dios redentor, inicio y final de todo; tampoco es tu lugar. El bueno de Kurt se ha convertido en el muerto más frívolamente prostituido y uno de los vendedores de camisetas más ilustres. Pero nada más.

Eso sí, su sacrosanta memoria ha fagocitado en el imaginario colectivo a coetáneos y celebrérrimos cadáveres de mucho mayor talento vocal, compositivo e interpretativo: Andy Wood, Jeff Buckley, Layne Stealy (Alice In Chains) o Shannon Hoon (Blind Melon), privando el acceso mediático al común de los mortales a una estirpe “heráldico-rockera” de leyenda e irrepetible a la que desgraciadamente sumamos al malogrado Cornell, que como veremos más adelante, cierra un paradójico y virtuoso círculo.

La vida y muerte de Cobain necesitaba encasillar a una generación de luto y darles nombre. Una generación sujeta a la desesperación moral que ofrece la libertad de elegir,  derivada de una vida acomodada y sin retos para con la supervivencia o ambición; terreno abonado a la creación de monstruos y falsos mitos. Ídolos con pies de barro. Depresión y desconexión. Grunge al fin y al cabo.

LA EXPLOSIÓN DE SEATTLE Y EL FIN DE SUNSET STRIP (1988 – 1994)

Mudhoney, Green River (luego Mother love Bone)…Soundgarden, Alice In Chains, Pearl Jam, Nirvana… Algo se cuece en Seattle a finales de los 80’. Con el tiempo, todos han sido albergados bajo la alargada sombra del mal llamado Grunge….y eso es un error tremendo.

Unos veneraban los riffs de Black Sabbath, otros bebían de las fuentes del punk contestatario de la costa este o del rock de garaje de Detroit, y los de más allá, del punk-rock y el hardcore que se expandían sobre las ruedas de los skaters de la California de finales de los 80.

UNOS NACEN, OTROS MUEREN: TIEMPOS DE CAMBIO, TIEMPOS DE DUDA

  • Las hair bands (Poison, Ratt, Quite Riot, Whitesnake) agonizaban, proponiendo una suerte de lo que hoy llamaríamos power pop melódico, con más forma que fondo y cada vez más minoritario y ridículo. Pronto les llegaría su hora cuando un guaperas de New Jersey llamado Jon Bon Jovi, se apropiaría casi en exclusividad de ese softrock cercano a las radioformulas.
  • Por otro lado, el excitante rock peligroso y camorrista del Sunset Strip angelino de mediados de los 80 había dejado paso a unos irreconocibles y mansos Mötley Crue y Guns and Roses. Gigantes llenaestadios cuya muerte era más que anunciada. Máquinas de hacer dinero que habían perdido la pasión propia de la juventud y cuyas dificultades en la gestión de sus propios egos y adicciones amenazaban con acabar con su indiscutible reinado… y así fue; en gran parte por la megalomanía de Axl Rose y su deriva inexorable a una tierra de nadie habitada por un híbrido entre Elton John y el propio Rose.
  • El metal seguía siendo territorio endogámico, un cortijo privado de Motorhead, Maiden, Antrax, Megadeth o Slayer que campaban a sus anchas, a pesar de los intentos de Metallica, (ese Black álbum) de acercarse a los hard rockers que poco o poco se quedaban sin referentes y volvían de vuelta la cabeza y oídos a los clásicos en busca de un lugar común donde guarecerse; o bien se entregaban a la mente retorcida y creativa de Mike Patton y sus Faith No More y al funk hiperbólico e ultra energético de unos desvergonzados Red Hot Chilly Peppers. Dos de los debuts discográficos más celebrados de la historia reciente del rock alternativo, con permiso del Ten de Pearl Jam.

LOS 90: LO SOMOS TODO, NO SOMOS NADA

  • Los 90 emergían así heterogéneos y sin una aparente cohesión musical. Sellos independientes se extendían como la pólvora. Sub Pop, se ha había convertido en una suerte de dinamizador del circuito underground de Seattle y pronto se convertiría en un uno de los sellos definitivos de lo que hoy entendemos por indie rock.
  • El poder de seducción de un nuevo contexto cultural y musical cada día más diverso y estable atrajo a “east costers” como Dinosaur Jr, colaboradores externos pero necesarios en la gestación de este nuevo movimiento; o  The Supersuckers, venidos desde Arizona para patear culos con su rock anfetamínico e irreverente y formar parte del cada vez más extenso catálogo de bandas del sello.
  • Mientras, en la cara A del rock, el debut arrollador de Black Crowes, “Shake yo money maker” proponía una vuelta a los orígenes del rock americano más virtuoso y clásico. Estela que iniciaron años antes, con menor fortuna, los británicos Quireboys y Dogs D’Amour, que no encontraban un lugar de acomodo en su Inglaterra natal, atrapados entre los últimos coletazos del sonido Manchester, las reminiscencias del heavy metal patrio y unos niñatos irreverentes que encendían la mecha de lo que posteriormente se conocería como Britt Pop.

Tal convergencia de influencias, parecía desdibujar la personalidad cultural de una generación errante, sin una identidad aparente. No existía un patrón, o si más no, el existente quedaba fracturado: el folk-rock de autor y lisérgico de los 60, el punk de los 70, las hair bands de los 80….. ¿y ahora? Hardcore, punkrock, metal, funkrock, hardrock, indie, etc… tantas etiquetas como personalidades quieran.

LA PARADOJA CORNELL

Pero el talento trasciende a la memoria y al tiempo del mismo modo que no entiende de etiquetas. Así, volviendo a la muerte de Cornell quiero rendir homenaje a dos de sus más allegados amigos, y que, paradojas de la vida, ambos fueron objeto de homenaje por parte del propio Cornell en vida: Jeff Buckley y Andrew Wood.

Voces que alumbraron vidas oscuras y que a día de hoy nos siguen emocionando. Les maldecimos y veneramos a partes iguales. Nos han privado de más, pero nos han legado mucho. Voces únicas, introspectivas e íntimas, fieras y reivindicativas, sensibles o amenazantes. En la escasa discografía que dejaron en vida, Buckley y Wood dejaron testimonio de un talento inusual que inspiraría a atrevidos advenedizos.

El axioma de los románticos alemanes del XIX parece apoderarse del espíritu creador e inconformista de este binomio de animales sensitivos irredentos: Pasión, Verdad, Totalidad. Una sensibilidad inherente al genio creativo; apátridas de lo emocional e incomprendidos bastardos hijos de la nada.

JEFF BUCKLEY (1966 – 1997)

Para muchos, entre los que me incluyo, la voz más privilegiada, dotada y versátil de la historia de la música contemporánea y sin duda una de las pérdidas más añoradas del universo folk rock americano. Pero Jeff era mucho más: versátil y autodidacta, alejado de la alargada sombra de su padre, el también cantante Tim Buckley, las dotes vocales de Jeff eran de otro mundo.

Podía ser Aretha Franklin, o Robert Plant; podía seducirte al oído con una versión casi monástica de un villancico, o te podía aplastar el alma contra la pared en un solo fraseo que te llevaba del cielo al infierno en cuatro octavas. 

La sensibilidad de Jeff Buckley se expresaba en sus canciones y modo de entender el mundo. Un tipo sencillo, sin grandes ambiciones, idealista, creativo y sabedor de un talento que trascendería a la propia memoria, a la propia historia, a la propia muerte.

Publicó un solo disco en vida, el apoteósico Grace, una orgía de ingenio, inspiración y capacidad vocal que a día de hoy nadie ha podido superar.

Jeff murió mientras se encontraba en Tennessee grabando el que sería su segundo disco, del que nos legó unas demos editadas en 1998 bajo el nombre Sketches for My Sweetheart the Drunk.

Las aguas del río Wolf, en Memphis, parecieron engullirlo en un arrebato, como queriéndolo para sí, arrebatándonos para siempre un futuro que se antojaba meteórico.

Eran cerca de las nueve de la noche cuando Buckley se metió en el agua completamente vestido, canturreando para sí el Whole Lotta Love de Led Zeppelin, mientras un amigo suyo permanecía en la orilla tocando la guitarra. En un abrir y cerrar de ojos Jeff había desaparecido.

Su cuerpo fue hallado desnudo cinco días después y sólo pudo ser identificado por el piercing de su ombligo. Sigue siendo un misterio el porqué de esa decisión, la autopsia realizada posteriormente a Buckley no reveló la presencia de alcohol ni drogas en su organismo. Jeff tenía 30 años.

Un año después, su gran amigo Chris Cornell le rendía debido tributo en el que supondría su primer disco en solitario, Euphoria Morning. Wave Goodbye es la despedida perfecta a un ser querido, la verbalización de una punzada de incredulidad, un homenaje en el que incluso Cornell se atreve a “imitar” al propio Jeff y salir airoso.

Desde la triste perspectiva que nos regala la cruda realidad, la recreación en esta canción no es apta para corazones débiles. Que nos lo devuelvan, porque nos lo robaron.

ANDY WOOD (1966 – 1990)

Andy se había movido desde adolescente por la escena underground de Seattle, formando parte de distintos proyectos hasta dar con el que parecía el definitivo. Había conocido a unos tipos, universitarios, Jeff Ament y Stone Gossard (bajista y guitarra de los actuales Pearl Jam), con los que pronto surgió la chispa de la creatividad.

Carismático en el escenario, bien humorado e inquieto, Andy poseía una voz que te atrapaba a la primera escucha por su parecido con la de Robert Plant, pero cargada de matices mágicos, casi lisérgicos; una voz ligera, orgánica, como salida del éter.

Wood murió de una sobredosis de heroína antes de ver publicado su primer disco con Mother Love Bone, a la postre, germen de los actuales Pearl Jam y Soundgarden.

Cornell y Wood llegaron a conocerse muy bien, tanto que durante una temporada compartieron piso y vivencias. Así, miembros de Pearl Jam y Soungarden se unieron bajo el nombre Temple of the Dog, con el único objetivo de rendir sentido homenaje a un chaval, quizás, con demasiado talento para gestionarlo.

Hoy, Temple of the Dog es un disco de culto, que cuenta con buen puñado de temazos que solo el dolor puede inspirar. El trabajo vocal de Cornell en el proyecto sorprendió incluso a sus propio compañeros de filas, que no podían creer lo que estaban oyendo. Cornell se exhibe desde el dolor, se nos muestra herido y furioso, arañando la garganta; pero también nos invita a compartir su duelo, contenido en ocasiones, libre y proyectado en otras.

Hunger Strike ,y en particular, Say Hello to Heaven constituyen hoy los himnos definitivos que resumen de modo doloroso el hastío que provoca la desesperanza, la sensación de no pertenencia, la falta de objetivos, las nulas expectativas puestas en una generación de la que nadie parecía esperar nada. En la pérdida como sino.

Cornell, sin saberlo, estaba cosiendo las costuras a tres almas que parecían una sola y que quedarán unidas para siempre en la memoria de los que un día no tuvimos más referentes que la visceralidad dramática de gente con alma que lo daba todo sin pedir nada a cambio.

Soy consciente que he obviado un montón de nombres y que posiblemente sobren muchos otros. En el tintero nos quedan Lanegan, a solas o con sus Streaming Trees, el magnífico Black Love de los Afghan Whigs, y así, un largo etcétera.

Pero…. ¿y ahora, quien cantará a Chris Cornell?

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